C Tangana y Nathy Peluso presentan «Ateo» en la Catedral de Toledo, anticipando y desatando la polémica que ha llegado hasta la Iglesia.
El pasado viernes, 8 de octubre, los artistas del momento en España, C Tangana, en colaboración con Nathy Peluso, publicaron el tema “Ateo” en todas las plataformas digitales, incluida YouTube, en la que el videoclip ha traído cola. Grabada en la catedral de Toledo, la reacción inmediata al respecto se polarizó –como parece ocurrir hoy en día con cualquier cosa– entre feligreses que entendían la bachata como una gran blasfemia, cuya cabeza visible es el arzobispado, mientras que otros, encabezados por el Deán del Cabildo Primado, aun pidiendo disculpas a los ofendidos, defendía a los artistas; incluso encontraba en la pieza «la historia de una conversión mediante el amor humano».

En el propio teaser que anunciaba el lanzamiento del videoclip se hacía hincapié en la respuesta popular ante la polémica. Todo se debate, y no hay mayor publicidad –ya ocurrió con Yate– que la necesidad de tertulia, de discusión y del espectáculo del enfrentamiento argumental, que se superpone al propio fenómeno cultural del que se supone que se está hablando. Esta polémica se concretaba en el tirón de pelo que descubrimos, se repite hasta en tres ocasiones durante el videoclip. La sociedad reactiva, la que reacciona por Twitch con Brays Efe, Los Xavales (REACCIÓN), este mismo texto, el instagram de Marta Díaz, el debate de Pedrerol, Duval, Makaroff y Guillén Cuervo, que mira y representa a la sociedad en su conjunto; y, claro está, el público que, con gafas de realidad aumentada, mira en la reacción el aumento de la realidad que sus ojos no saben ver.
Igual nadie vio venir, al menos de entre el público general, que el debate se traspasaría del plató de televisión –aunque siempre retorna al lugar del crimen– al claustro clerical. Entre el Deán y el arzobispado se juega el intercambio argumental que a nadie importa, que lleva la impronta del olvido marcada en la frente y que, por un día o una semana, reúne más focos de los debidos. En la sociedad reactiva no hay debate que sea ajeno a nadie, y todos y cada uno de nosotros estamos invitados a cualquiera de las veladas, aunque no portemos hábito. Mientras el arzobispado acusa a C Tangana y Peluso de blasfemos, el Deán hace lo mismo, pero llamándoles conversos. Quizá sean las dos cosas. Lo que los místicos han llamado «la Gracia», el común de los mortales lo llama «correrse». El encuentro más próximo con Dios, incluso en casa atea, puede ser un orgasmo radical, de los que te hacen alcanzar una dimensión corporal momentáneamente ajena a la cotidiana, como una suerte de separación de la propia carne, un desmayo consciente, un límite somático, una posesión divina del estremecerse de nuestros dedos y del espasmo de la espalda. Solo en el contacto con el otro, aparece este Gran Otro llamado Dios, cuya presencia sentimos en las carnes, y cuya omnipotencia se manifiesta en la conexión del Todo con todo, del cosmos ordenado –aunque incomprensible para la mente humana– que une todas las partes y que en la cópula se hace patente, máxime si el tirón de pelo que bien nos puede hacer llorar de dolor, nos hace gemir de placer. En ese tirón de pelo, en un azote, en un bofetón se condensa el universo entero. La presencia divina momentánea que, una vez abandona el cuerpo, deja un vacío como ningún otro. Plenitud y ausencia cohabitan en quien se ha corrido «Bien duro».

Para solventar la disputa entre arzobispado y el Deán quizá hay que adoptar una tercera vía y es reconocer de una vez por todas que Dios puede llegar a ser blasfemo consigo mismo. “No hay represión mayor que la que uno se impone a sí mismo”, escribía Adorno, y nos podemos preguntar: ¿qué clase de Dios, máxime si es omnipotente, no sería capaz de liberarse de cualquier represión, aunque solo sea por una aventurilla lúbrica? Aquí, que no hemos hecho votos, podemos atrevernos a declarar que no hay nada que el hombre, por su impotencia frente al ominoso, puede hacer para ofender a Dios, sino que este nos hace bailar para su goce. Es más: quién sabe, al menos ello invita a pensar el Antiguo Testamento, si el Señor no encuentra su satisfacción en el sadismo y quiso dotarnos de la capacidad divina de solapar la contradicción a los seres humanos, esto es, la posibilidad de mezclar la antonimia de placer y dolor del sadomasoquismo.
La conversión se da, como dice el Deán, pero no del hombre hacia Dios a través del amor, sino de Dios al hombre a través del tirón de pelo. La mano divina tira de la bestia peluda y en el agarrón aparece la fiera celestial que nos posee en la alcoba. La polémica y la reacción, la palabra, en definitiva, nos distancia del goce y de «la Gracia», que encuentra su hogar en las vísceras. Bienaventurados los que bailan; el cielo será de los que se devoran con la mirada y las fauces. Los demás, “Que hablen”.








