Tras un tiempo escribiendo para Indiescretos, he decidido renovarme y barrer más para mi terreno. Un terreno que supone un verdadero suplicio para aquellos que me tienen que escuchar cuando me dan cancha tomando un par de cervezas. Un terreno, sin embargo, tan fértil y prolífico que sé que me llevará toda una vida cultivar y, aun así, nunca llegaré a sembrar toda su extensión. Un terreno que reúne mis tres pasiones: la música, como no podía ser menos en este medio; la filosofía, el somnífero de estos escritos para quien se aventure a leerlos, pero una de las drogas más enfermizamente adictivas; y el arte contemporáneo, que es la oveja incomprendida (que no negra) del rebaño. Avisados quedáis todos los que habéis llegado al menos hasta aquí. No sé por qué me han permitido hacer este experimento de rata de biblioteca, pero esto es lo que os vais a encontrar en mis próximos artículos. Os prometo y aseguro que los viajes por las canciones, textos y obras serán apasionantes. También os prometo y aseguro que no sermonearé más de lo debido, aunque (como unas líneas más abajo veréis y por el título podéis intuir) tiraré de textos sagrados en algún momento. Pero ante todo, os prometo y aseguro la extrañeza y la sorpresa que encontraréis en este terreno. Igual traiciono en ocasiones parte del nombre de esta revista, «indie», pero desde luego no traicionaré el ser indiscreto y os animo a todos los que queráis uniros a esta aventura a que también lo seáis y que lo seáis con toda la carga que conlleva, pues igual la forma más descarnada de serlo es con la pregunta. Aquí nos haremos preguntas y espero que también alguno llegue a hacerse algunas que yo aún no he sido capaz de plantearme por cobardía o falta de astucia. Así que bienvenidos todos y comencemos.

El Becerro de Oro. Un mito Bíblico

Hoy, para estrenar y espantar a los pocos que quedan, quiero hablaros del mito del Becerro de Oro, un mito bíblico, concretamente, del libro del Éxodo capítulo 32. Aviso a navegantes: la Biblia durante siglos ha sido como Los Simpson son hoy para nosotros, un marco de referencia de historietas y ejemplos que nos han servido para expresar algunas ideas. De hecho, ya veréis que emplearé en repetidas ocasiones tres grandes generadores de mitos, igual los mayores de la cultura occidental, la Biblia, Homero y Platón. Obviamente también usaré los Simpson, superhéroes, Juego de Tronos o, si me animo, La Isla de las Tentaciones, que todavía no presumo de canas y no vivo en una cueva. Bueno, al lío, os pongo en situación, Moisés lideró la liberación del pueblo de Judea de la esclavitud en Egipto (cualquiera que viera la peli del Príncipe de Egipto o el capítulo de los Simpson lo sabe), tras ello, vagaron 40 años por el desierto. En un punto de ese camino, Moisés fue llamado por Dios para encontrarse con él a lo alto de un monte y el pueblo al que guiaba se quedó a la espera de que éste volviera a reunirse con ellos. Viendo que la cita se prolongaba, el pueblo, alterado, pidió a Aaron, hermano de Moisés, que construyera un nuevo Dios al que venerar, puesto que temían que algo le había ocurrido a Moisés. [Me estoy aburriendo a mí mismo escribiendo esto pero tranquilos todos que queda poco]. Aaron pidió que le trajeran todos los objetos que tuvieran oro, los fundió y con ello construyó un Becerro de Oro. Una vez hecho el ídolo pues fiesta loca, vino, bailoteos y algún guarreo que otro (imagino yo). Casualidades de la vida que Moisés justo descendía después de vérselas con Dios y de que este le avisara de la que se estaba montando sin él. Viendo esa especie de Gandía Shore bíblico, Moisés entró en furia dejando caer las “tablas del testimonio”, una especie de boceto de los diez mandamientos, y echando el Becerro de Oro al fuego.

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Ya se acabó el sermón, por fin, pero, ¿a qué quiero llegar con todo esto? No voy a repartir hostias ni catecismos, lo juro. Lo que quiero traer en este escrito es el concepto del Ídolo, reflexión que ha dibujado parte de nuestra cultura y que queda bien reflejado en este relato. Una de las representaciones canónicas de la escena en el arte es la obra del pintor francés Nicolás Poussin en 1636, La adoración del Becerro de Oro. Poussin pertenece a la escuela clásica y prácticamente toda su obra representa pasajes bíblicos. En su cuadro vemos lo que aparece en el relato, pero es especialmente llamativo que el Becerro, es decir, el Ídolo, a pesar de ocupar un espacio más alto que los hombres, se encuentra en un segundo plano del festejo que ocupa la parte más próxima, frente a la estatua. También en la música encontramos representaciones muy célebres de la escena. Una de las más importantes es de Arnold Schoenberg, compositor austriaco judío de primera mitad del siglo XX, quien es conocido por el desarrollo del dodecafonismo (que explicaremos un poquito más adelante). Schoenberg compuso una ópera que ponía en valor el Antiguo Testamento, libro sagrado para la tradición judía, como respuesta al creciente movimiento antisemita que, por desgracia, acabo por fructificar en la Alemania de su tiempo. Esa ópera se llamó Moses und Aron (os dejo una crítica de una representación del teatro real aquí) , narrando la historia de estos dos hermanos. Precisamente, la primera escena en ser representada, la Escena 3 del Acto II, fue la correspondiente al pasaje del Becerro de Oro.

Poussin Becerro de Oro
Nicolas Poussin – El Becerro de Oro 1636

Inciso: a quien no le interese saber en qué consiste el dodecafonismo que se salte este párrafo. Para los que os habéis quedado aquí, os comento. La música occidental consiste en secciones de doce notas que se reparten por octavas. Pensemos en un piano, lo que hay de un “do” al siguiente “do”, el de la octava inmediatamente superior, son doce teclas entre blancas y negras, cada una de esas teclas corresponde a una nota. Tomando esto, Schoenberg quería hacer una música distinta a la que se había hecho hasta ahora, que seguía unas normas de armonía y tonalidad distintas a las suyas. Propuso un sistema de composición musical basado en la matemática. Este consistía en series ordenadas de los doce tonos en diferentes líneas melódicas, generando armonías y disarmonías, sin un centro de gravedad armónico, como sí existía en la tradición que le precedía. Esa tradición, el sistema tonal, se había desarrollado y cumplido unos 300 años, y durante el siglo XX se fueron desarrollando otra serie de sistemas, que, como el dodecafonismo, eran atonales. Digamos que se construyeron, como hizo Aaron, Ídolos distintos a los que seguir, esta vez, en forma de sistemas reglados de normas. Ahora bien, ¿en qué consisten las normas del dodecafonismo? Pues tomando las doce notas que componen nuestra música, usarlas en series que no repitan ninguna de ellas, es decir, series de doce sonidos, que corresponden cada uno a cada una de las doce notas (la fantástica, youtuber Nahre Sol, explica aquí cómo compone ella una obra dodecafónica). La rigidez del sistema de Schoenberg se convierte en falta de ortografía, puesto que el título original “correcto” sería “Moses und Aaron”, pero lo cambió por “Moses und Aron” para que el número de letras fuera justo 12.

Simpson e Ídolos. La inversión del mito

Prometí no sermonear en exceso y estoy a puntito de pasarme, así que ahora hablaré un poco de los Simpson. ¿Recordáis el capítulo en el que Lisa encuentra un cadáver de un ángel que al final resulta ser un reclamo publicitario de un centro comercial? No es una representación explícita del pasaje bíblico (aunque los Simpson tiren mucho de la Biblia para hacer capítulos), pero sí que es una reflexión más que interesante del concepto de Ídolo. Pongámonos en situación. Lisa va a una excursión propiamente científica, una arqueológica concretamente. Además, la mediana de los Simpson representa el sistema de creencias que presupone la ciencia. De repente, se encuentra con una prueba que hace tambalear todo, un ángel, y, para colmo, lo ha descubierto siguiendo el sistema en el que tanto confía. Ante el descubrimiento, todo Springfield cree en el ángel. Homer, que en realidad no cree ni una cosa ni la otra, sabe que puede sacar rédito de la situación y así lo hace. El ángel muestra una fecha y todos creen que se trata del día del juicio final. Todos menos Lisa, o al menos eso parece. Tras varios sucesos, al final se desvela la realidad, que no es otra cosa que la inversión de la narración bíblica, de que el ángel es la publicidad de la apertura de un centro comercial. ¿Por qué es la inversión del pasaje bíblico? Porque con la duda del viejo Ídolo, Aaron presenta un Ídolo material y terrenal; los Simpson, por su lado, frente a las ciencias empíricas, dan cabida a seres “espirituales”. Con la vuelta del Ídolo en la Biblia vuelve lo espiritual en pos del hedonismo material; en los Simpson el miedo ante el juicio espiritual muta a una sociedad de consumo, que vuelve aun más exacerbada con un centro comercial tremendo, que no es más que el templo donde los feligreses de esta sociedad de consumo rinden tributo.

Simpson_Angel

Ahora bien, estamos hablando del Becerro en diferentes contextos, parece que todos ellos apuntan al dinero, pero en realidad, si lo tratamos de manera más general de lo que estamos hablando es de ídolos. El dinero es un ejemplo fantástico de ídolo, más para una tradición judeo-cristiana que, “teóricamente”, propone que lo importante del mundo no está en lo material. ¿Por qué es un gran ejemplo? Simple y llanamente porque el dinero en sí mismo no tiene valor, sino que representa el valor de cambio que tiene. El dinero puede transformarse en casi cualquier cosa en una sociedad de mercado, así como cualquier cosa puede transformarse en dinero. El dinero puede representar la totalidad del mundo, y, sin embargo, se nos antoja cuanto menos complicado asegurar que quien ama el dinero, ama el mundo. Parece que hay algo de falso ídolo en el dinero, parece que la sociedad de mercado/consumo, promete algo que realmente nunca puede llegar a cumplir y, sin embargo, parece que no nos miente en ningún momento descaradamente (pues cuando la camiseta marca 15€ en la etiqueta y vamos a la caja eso es lo que tenemos que pagar).

Definiciones a martillo. Nietzsche era un flipado.

Antes de entrar en esta contradicción, vamos a intentar tomar una definición de Ídolo que nos sirva para este escrito. Aquí, lo siento pero voy a tirar de mi querido pensador alemán, Friedrich Nietzsche. Tampoco me voy a meter mucho con su biografía, eso da para largo y tendido en otro momento. Tan sólo me gustaría con que os quedarais con el pensamiento tan arriesgado que proponía (que luego incumplía en su día a día, pero ese es otro asunto), especialmente en el libro en el que se trata la idolatría de manera más explícita. El libro se llama El Crepúsculo de los Ídolos y siempre que me preguntan con qué libro uno debe empezar con Nietzsche, considero que debería ser ese, aunque teniendo en la otra mano el Ecce Homo, que fue su último libro. En este último libro, además de fliparse repetidas veces (con capítulos a los que llama “¿Por qué soy un destino?”, “¿Por qué soy un gran escritor?”, etc.), hace un recorrido sobre toda su obra, respondiendo a qué significan cada uno de sus libros y cómo los ve en ese momento. Pues bien, cuando se refiere al Crepúsculo de los Ídolos, define el Ídolo como “lo que hasta ahora había sido llamado verdad”, en definitiva el título del libro viene a decir que las viejas verdades han llegado a su final. Tomemos pues el ídolo como eso, como algo considerado verdad. Nietzsche en el libro va poniendo a prueba esas verdades, a ver si se sostienen o si bien, como hace Moisés, quedan convertidas en polvo.

Nietzsche no soportaría esta comparación, puesto que su principal batalla ideológica fue contra las tesis moralistas cristianas, que eran tratadas como verdades indubitables, eternas y de obligado cumplimiento. De nuestro querido pensador alemán muchos habrán oído hablar del superhombre o de que fue el origen ideológico del nazismo (ojalá pueda desmentir en otro escrito estos tópicos). Sin embargo, habremos de decir que juzgando esta inmovilidad de la doctrina cristiana, no propone una doctrina así con el superhombre, ahí es lo apasionante del pensamiento nietzscheano, no hay una receta que hay que seguir al pie de la letra para vivir, hay que superar todo eso y, sobre todo, hay que superar la viejas recetas, los ídolos. La pregunta que nos habríamos de hacer en relación con la historia de Moisés es: ¿Por qué el pueblo le pide a Aaron que les construya un ídolo al que adorar si de buena mano saben que tan sólo es el oro recolectado en forma de becerro? Sencillamente no pueden vivir en el pensamiento abismático nietzscheano. Como decía, “el hombre prefiere creer en la nada que no creer en nada”.

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Nuevos flipados: Kanye West y C Tangana

Acerca de esta reflexión tenemos que hablar de dos artistas musicales que seguramente todos, o la mayoría, conozcamos. Se trata de Kanye West y C Tangana. Con el primero de ellos querría tratar especialmente el disco de Yeezus (2013). En este disco, Kanye West se encuentra en la cima de la industria, con sus dos discos anteriores 808s & Heartbreak (2008) y My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010) marcó la forma de hacer hip-hop de los próximos. Todo el mundo estaba esperando el siguiente disco y Kanye West lo sabía, así que hizo toda una declaración de intenciones. Con una propuesta que iba mucho más allá de lo musical se reafirmaba como Ídolo, gritando a los cuatro vientos que iba a hacer lo que le diera la gana y que todo el mundo lo iba a escuchar, todo un profeta de la música contemporánea. Hay una reflexión interesante en este punto, a saber, la postura de ídolo es tan subyugante como la del que sigue al ídolo, puesto que uno debe comportarse como modelo a seguir. Un modelo a seguir en sentido estético (es decir, parecía que la tendencia de Kanye West era la de hacer superproducciones cada vez más sofisticas y provistas de mayores medios), pero también en el plano ético (algo que le ha pasado muy mala jugada, pues, a veces queriendo desprenderse de estas etiquetas se ha pasado de frenada y mucho). Yeezus es un profeta que habla de la cultura negra, de la esclavitud y del racismo estructural de la cultura norteamericana, pero también es una reafirmación de sí mismo como profeta. Canciones como «Blood on The Leaves», «New Slaves» o «Black Skinhead» trata especialmente la historia negra y lo que supone ser negro en Estados Unidos, incluso siendo una persona admirada, pero siempre con esta actitud profética. En canciones como «I am a God» u «On Sight» se establece presentación sin miramientos de ese profeta, como un hombre libre y nuevo. En última instancia, a través del posicionamiento como ídolo por parte de Kanye West, es todo un movimiento hacia la libertad artística y personal. Y curiosamente es la despersonalización a favor del ídolo sin rostro y mistérico. Me explico, el álbum de Yeezus no tiene portada y durante la gira tapaba su rostro con las famosas máscaras de pedrería de Martin Margiela (linkeo un artículo analizando la estética de las máscaras, concretamente las de Margiela). Además, frente a las giras anteriores, que contaban con una escenografía espectacular, así como de un equipo enorme de bailarines y demás partícipes, la propuesta de la gira de Yeezus fue simplemente Kanye West con su Akai Mpc 2500 (una sampleadora) sin mayores artificios. Aquí rompe con la narrativa del progreso estético en la que le habían encajonado. Con ello pretendía mostrar y demostrar que él mismo puede llenar los más grandes escenarios del mundo, incluso sin rostro. Qué mayor muestra de poder que esa.

El otro artista que prestaremos atención es a C Tangana, quizá el que dentro de la cultura musical popular contemporánea española ha realizado una reflexión más estructurada acerca de lo que supone ser un Ídolo. Reflexiones también de las falsas promesas del éxito, del poder coercitivo y paradójicamente subyugante que supone. A la espera de un próximo trabajo en forma de álbum, planteo la reflexión de El Madrileño en tres partes: (1) El disco Ídolo (2017), (2) La mixtape Avida Dollars (2018) y (3) La canción “Un Veneno”. Cada una de ellas se corresponde con partes que en este y el próximo escrito quisiera tratar: (1) la construcción/definición del Ídolo (correspondiente a este texto), (2) destrucción de la idea de Ídolo y (3) la subversión (aquí es donde C Tangana reconoce que no lo consigue) de la idea de Ídolo. Pero esto va a tener que ser en la próxima entrega, aquí, en Indiescretos, donde plantearemos a través de C Tangana cómo funcionan los ídolos, en suma del afamado artista contemporáneo Damien Hirst.

Si bien en esta entrega hemos esbozado lo que es un ídolo, en la próxima entrega nos preguntaremos cómo funcionan los ídolos en nuestro día a día, cómo se destruyen y si es posible desprendernos de ellos enteramente. Como he comentado un pelín más arriba hablaremos de C Tangana y Damien Hirst, pero no sólo. Igual vuelvo a tirar de los Simpson o me estreno con los superhéroes y hablo de Batman. No sé si hablaré de algún filósofo más aunque es muy probable que caiga Nietzsche de nuevo o quizá Zizek, que es un fenómeno en internet. En cualquiera de los casos, para los pocos locos de la cabeza que hayan llegado hasta aquí, muchas gracias por prestarme vuestro tiempo en esta lectura. Un achuchón para vosotros y nos vemos en la próxima.

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