No sabéis lo que me gustaría escribir hoy acerca de cómo Yung Beef refleja la actitud del moderno parisino de finales del XIX, o de las analogías entre Diógenes el Cínico, Dennis Rodman y Cecilio G. Me encantaría haber escrito estos meses sobre estos asuntos, pero no puedo. Me veo en la obligación de hacerme cargo de mi propio tiempo, de pensar el presente y de hacerlo en serio. A penas medio año 2020 y han ocurrido mil millones de cosas – la última, las revueltas estadounidenses por el problema racial y las filtraciones de Anonymous involucrando a las altas esferas en redes de tráficos de menores. Soy de los que piensan que el arte, la escritura y el pensamiento son lentos, requieren de un tiempo de reposado para que puedan decir algo. Pero la vida está acelerándose en sus acontecimientos, cada vez más raudos, escapándose. No da tiempo a pensar, y mucho menos a escribir. De ahí que se sucedan artículos basura, pensamientos residuales y el empuje constante hacia la velocidad de la acción, la toma de decisiones, el posicionamiento político, la producción insaciable de cuanto se te pueda ocurrir. He de reconocer que no voy lo suficientemente rápido y quien me pida conclusiones no va a encontrar más que decepciones. Me lanzo a escribir este texto quizá para darme la satisfacción de qué puedo pensar algo, aunque sólo sean preguntas musicales.

Parece que toda esta vorágine explota precisamente en un momento de exigencia de la quietud. Quietud de quedarnos en nuestras casas, de limitar la acción y, en definitiva, de frenar un tren económico-social a punto de descarriar y sin frenos. Me vi en esa contradicción, motivo por el cual no pude dedicarme a escribir y publicar tanto como habría querido. Diagnosticado, pero no test-ificado, hube de aislarme en un cuarto (la quietud), mientras las exigencias académicas me acosaban (la velocidad). Contradicción en la que muchos agentes musicales también se vieron involucrados. El brete de lo quieto y lo veloz se manifestó hasta la ridiculez más evidente. La incesante necesidad de visionado, del estar presente, del escenario virtual – más cuando no hay escenario alternativo a este – exigían al ingenio de esfuerzos hercúleos. Una industria cultural, y una musical en particular, – que de suyo sobrevive en este paradigma de lo espectacular y lo visible – se encontró y se encuentra en una situación en la que urgen soluciones a una escena que, entre tanta parafernalia y pirotecnia, esconde una situación de precariedad, falta de derechos e incertidumbre. ¿A qué ERTE se acoge el cantante de bodas y bautizos que cuando preguntaba “si quiere factura” le sonrían en las narices? En un momento en el que todo derecho laboral parece suspendido en el aire, ¿qué ocurre con los que ya pocos derechos tenían?

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El covidismo y lo musical

El sufijo “-ismo” refiere a un movimiento. Cuando titulo “covidismo” no es que me adscriba a un movimiento a favor del COVID, sino que asumo que el bicho marca la agenda en todo sentido. Ahora muchos somos “covidistas” y la industria musical especialmente. Intentando adaptarse, se hace “música covidista”. Bueno, «¿qué tiene de “covidista”?» preguntarían algunos; «¿y qué tiene de musical?» preguntaría yo. Lo que hemos podido ir viendo han sido muchas colaboraciones domésticas, rozando cotas de vergüenza ajena inusitadas hasta el momento. Bien sea haciendo de “Resistiré” un himno, bien sea de una composición ad hoc de Vetusta Morla, el caso es dar el cante y hacer acto de presencia cuando nadie la ha pedido. En el mejor de los casos, hemos visto actuaciones como la de Travis Scott en colaboración con Fornite, claro está que los recursos son notables. En el peor de los casos, la proliferación del cutrerío de festivales virtuales (ya proliferaban cutres festivales presenciales con anterioridad). El “covidismo” en lo musical se caracteriza por lo desesperado de atención y lo “musical” del covidismo se da en el desenmascaramiento de un panorama que vive al día, sin a penas derechos, cuya única posibilidad de trabajo se hace de tapadillo y que cuando llega una situación complicada no sabe cómo hacer para salir adelante. La “música covidista” no es más que la demostración por la vía del ridículo de una situación laboral generalizada, igualmente ridícula, pero a la que nadie prestaba atención.

Covidismo

El prefijo “post-” igual no es tan claro como el sufijo “-ismo”. Parecería decirnos que hay algo superado, pero cuando algo se supera aparece lo novedoso, con un nuevo nombre, no se queda el “post- algo” que últimamente utilizamos para todo – “post- verdad”, “post- censura”, “post-modernidad”, etc. Queda un poso de lo anterior, algo que no ha acabado de desaparecer. ¿Qué quedará del “covidismo” cuando lleguemos al “post-covidismo”? No hablo de ir a conciertos con mascarilla – eso es más covidista –, hablo de qué ocurrirá cuando el COVID no sea más que un fantasma. ¿Volveremos a lo de antes? ¿A un panorama de músicos que sobreviven a duras penas, a pesar de tocar en macrofestivales en los que promotores y grandes nombres con sus séquitos se lo llevan crudo? ¿Volveremos a la precariedad más absoluta del pequeño, que excepcionalmente se hizo grande y se compra su trigésimo séptima guitarra, olvidando que las pasó putas y habrá otros ahora igual que como él estuvo? Os digo una cosa, me comen los huevos los moralistas que dicen que esto es momento de reflexionar y yo estoy prácticamente haciendo lo mismo. Pero a diferencia de ellos, yo me pregunto qué narices hay que hacer para cambiar realmente, y no hacer la pantomima de cambiar cuatro cosas para que todo siga siendo igual, que es lo que todos estos gurús de la conciencia pretenden.

Siempre la pregunta cuando se dan situaciones de este tipo es «¿qué hacemos?». Así de claro: ¡No tengo ni puta idea! Igual hay que preguntarnos más cosas, como si hay que aceptar una situación insostenible hasta que estalla por completo. También podemos preguntarnos qué estamos realmente dispuestos a hacer como consumidores, cuando el pagar por el disco ya es cosa del pasado y pretender recuperarlo es pensamiento pueril. Quizá es razonable pensar si realizar eventos de 100.000 personas es imprescindible. El caso es preguntarnos, porque esa es la exigencia de nuestro presente. Que levante la mano el que piense que todo volverá a ser como antes. Que levante la otra quien lo quiera. El que haya quedado con los brazos levantados que se agarre de la cabellera, tire fuerte hasta levantarse la tapa de los sesos (sonará un pequeño “pop”) y vacíe el contenido por completo, que ya habrá otros que lo rellenen con dogmas, soflamas y pensamientos rápidos. Los que han quedado con los brazos abajo que no bajen la cabeza, que es momento de hacer el presente.

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