En la planta de oncología de un hospital el tiempo corre arrítmico esperando la llegada de la esperanza. Entre pinchazos a contrarreloj y carreras de batas blancas en el pasillo, la morfina hace su efecto. Paredes inertes, pacientes a la espera, y entre todos los que van y los que se quedan, ahí está ella. Después de más de un mes confinada en la décima estantería de aquel lugar. Cuenta el paso de los días entre curas y noticias que no terminan de despegar.  A pesar del malestar, a veces le quedan fuerzas para la batalla y entona “Qué bonito es querer” de Manuel Carrasco.

Antes de que el mundo fuera pandemia, y de que el cáncer iluminase sus analíticas por segunda vez. Ganábamos a la muerte coreando con mal oído y peor afinación a Fredy Mercury, Pastora Soler o Madonna en un paseo en coche. Nos aprendimos de arriba abajo cada canción de Carrasco en excursiones hacia El Teide. Y sin quererlo, pero queriéndolo mucho en realidad, nos abrazábamos el alma al terminar este himno.

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Ahora, que un virus nos impide vernos le envío besos a distancia cantando a pleno pulmón esta oda a la amistad del andaluz. Lo especial de la música es que hace que dos extraños, compositor y receptora en este caso, conecten a través de una melodía. De pronto, esa letra que era suya, ahora es tan nuestra. Para nosotras, este himno de su letrista favorito da sentido a la frase de “si nada nos salva de la muerte, que al menos el amor nos salve de la vida”.

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