ESCENA 1

Son casi las doce de la noche, y el bar está a punto de cerrar ya. El cuadro es el siguiente: en el centro de la escena, apoyados en la barra, hay un hombre y una mujer hablando. Quedan ya pocos clientes aparte de ellos: unos pocos asiduos, presentes habituales a la hora del cierre, rebuscando alguna moneda en sus desvencijadas carteras con la que pagar la última ronda. El camarero les echa una ojeada vigilante. No sería la primera vez que se marchan sin ajustar cuentas.

Pero no son ellos los que nos interesan. Los dos individuos del centro llevarán ya unas dos horas hablando, y sus miradas hablan de sus intenciones. Ella rondará los cuarenta años; él, apenas llega a la treintena. Hace un rato que se ha fijado en la mano derecha de ella: allí, en su dedo anular, luce lustroso un anillo de plata.

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– ¿Estás casada?

– ¿Tú qué crees?

– Deduzco que sí.

– Vaya, qué sagaz. La deducción es un arma de doble filo, querido. Puede darte información muy valiosa, pero también juega malas pasadas, así que ten cuidado cuando coquetees con ella.

– ¿Eso quiere decir entonces que me he equivocado?

– Eso quiere decir que estás haciendo más preguntas de las que deberías. A veces es mejor no tener tanta información.

– Venga ya, pero si aún ni siquiera me has dicho tu nombre.

Es entonces cuando la música rompe el silencio de la noche. Unos acordes de guitarra dan paso al juglar del asfalto, famoso por su habilidad para izar pasiones a través de las palabras, y dejarnos sin palabras a merced de las pasiones. Obviamente estoy hablando de Sabina.

– ¿Qué adelantas sabiendo mi nombre?
Cada noche tengo uno distinto
y, siguiendo la voz del instinto,
me lanzo a buscar.

– Imagino, preciosa, que un hombre.

– Algo más, un amante discreto
que se atreva a perderme el respeto.
¿No quieres probar?
Vivo justo detrás de la esquina,
no me acuerdo si tengo marido,
si me quitas con arte el vestido
te invito a champán.

Le solté al barman mil de propina,
apuré la cerveza de un sorbo.
(Acertó quien «El templo del morbo»
le puso a este bar).

Peor para el Sol,
que se mete a las siete en la cuna
del mar a roncar
mientras un servidor
le levanta la falda a la Luna.

«Melody of The Night», de Leonid Afremov.

ESCENA 2

No, esos que paran a besarse en cada farola no son dos jóvenes ansiosos por degustar por primera vez el pecado de la carne. Parecen aquellos individuos que describía la canción «Y nos dieron las diez»; quién sabe si serán los mismos… No, no son dos jóvenes inexpertos, son adultos guiados por el caballo negro de la razón, portadores de la libido y la desvergüenza. Les espera una noche de excesos, de polvos blancos y de desfiles eróticos. Que la intimidad de la noche los ampare.

Al llegar al portal nos buscamos
como dos estudiantes en celo.
Un piso antes del séptimo cielo,
se abrió el ascensor.
Nos sirvió para el ultimo gramo
el cristal de su foto de boda,
no falto ni el desfile de moda
de ropa interior.

– En mi casa no hay nada prohibido,
pero no vayas a enamorarte.
Con el alba tendrás que marcharte
para no volver.
Olvidando que me has conocido,
que una vez estuviste en mi cama.
Hay caprichos de amor que una dama
no debe tener.

-Es mejor -le pedí- que te calles,
no me gusta invertir en quimeras,
me han traído hasta aquí tus caderas,
no tu corazón.

Y después, ¿para qué más detalles?
Ya sabéis: copas, risas, excesos…
¿Cómo van a caber tantos besos en una canción?

(Podría comentar muchas cosas de la letra, especialmente de esa última frase, pero ante canciones así sobra toda explicación).

 

ESCENA 3

El Edén solo se pisa una vez en la vida; cuando ya has mordido la manzana, nunca más podrás volver a él. Ese es el pensamiento que lleva todo el día dando vueltas en la cabeza de nuestro protagonista. Se ha tenido que convencer a sí mismo de que solamente buscaba unas caderas, y no un corazón. Lo que no sabe aún es que en la valla que prohíbe el acceso al Edén hay un acceso escondido.

Volví al bar a la noche siguiente
a brindar con su silla vacía.
Me pedí una cerveza bien fría,
y entonces no sé
si soñé o era suya la ardiente
voz que me iba diciendo al oído:
– Me moría de ganas, querido,
de verte otra vez.

Peor para el Sol,
que se mete a las siete en la cuna
del mar a roncar
mientras un servidor
le levanta la falda a la Luna.

De canciones como esta se puede decir poco, porque es la propia letra de la canción la que lo dice todo. Me fascina la habilidad de Sabina para hilar tan bien las letras de sus canciones y contar historias de una manera tan sencilla y elegante a la vez. Es simplemente es un don.

La escena que narra en «Peor para el Sol» seguramente la hayáis visto en millones de películas: hombre y mujer se conocen una noche en un bar. Al menos uno de los dos está casado, pero les da igual, el caballo negro les hace tomar una decisión que luego puede desembocar en dos situaciones: la prolongación de una historia más intensa entre esas dos personas o el arrepentimiento y posterior frustración por haber hecho lo que han hecho.

La historia es siempre la misma, pero lo que algunas películas cuentan en dos horas, Sabina lo sintetiza en tan solo 5 minutos, y lo que es mejor de todo, no se deja ni un cabo suelto. Aunque él lo niegue, a mí no me cabe la menor duda: es un auténtico juglar del asfalto.

 

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