Hace unas semanas me di una vuelta por una de esas tiendas de vinilos de segunda mano que dan vida a muchos rincones de Granada. Rebuscando en la sección de cantautores di con uno de los discos de Sabina que marcaron mi infancia: Física y química (BMG/Ariola, 1992). Tendría apenas diez años cuando volvía cada día corriendo del colegio para escuchar por enésima vez aquellas once canciones, aprendiéndome cada letra y cada coma sin entender qué demonios quería decir todo eso.
A día de hoy, tengo más que claro que Física y química se trata una de las mejores obras musicales publicadas en la década de los 90. A nadie le extrañará, pues, que no dudase ni un instante en darle una segunda vida a aquel LP llevándomelo a casa. Sin embargo, al mirar el listado de canciones, hubo algo que me llamó enormemente la atención: faltaba mi canción favorita del disco.

Pensé que se trataría un error, pero no; al reproducir el vinilo no sonaba «Amor se llama el juego», una de las canciones de desamor más crudas del cancionero del ubetense que está dedicada a Isabel Oliart, la madre de sus dos hijas. Una rápida búsqueda por internet bastó para conocer el porqué. Según reconoció el propio Sabina en una entrevista para El País en el año 1992, fue el escritor Antonio Muñoz Molina (fiel amigo de cantautor) quien influyó en su decisión de retirar la canción del disco. «Siempre se me va la mano, no lo puedo evitar», afirmaba Sabina, refiriéndose a la tendencia a mostrarse como el antihéroe de sus propias canciones. «Las confesiones tienen un límite: creo que me he excedido en Amor se llama el juego, un tema que he eliminado del formato vinilo. Es una forma de… limitar el daño a terceros».
Sabina publicó la canción en los formatos de CD y casete, pero la retiró del vinilo pensando que de ese modo reduciría (al menos parcialmente) su impacto. Pobre Sabina, no imaginaba que tan solo unos pocos años después la revolución digital pondría aquella canción al alcance de casi cualquier persona. Hoy en día, «Amor se llama el juego» cuenta con más de 20 millones de reproducciones en las plataformas digitales.
Quizás leyendo la letra de la canción se entienda mejor por qué el cantante consideraba que se había excedido. Hay algunas frases que duelen como puñaladas.
Hace demasiados meses
que mis payasadas no provocan tus
ganas de reír.
No es que ya no me intereses,
pero el tiempo de los besos y el sudor,
es la hora de dormir.
Duele verte removiendo
la cajita de cenizas que el placer
tras de sí dejó.
Mal y tarde estoy cumpliendo
la palabra que te di cuando juré
escribirte una canción.
Un dios triste y envidioso
nos castigó
por trepar juntos al árbol
y atracarnos con la flor de la pasión,
por probar aquel sabor.
El agua apaga el fuego
y al ardor los años,
amor se llama el juego
en el que un par de ciegos
juegan a hacerse daño.
Y cada vez peor
y cada vez más rotos
*y cada vez más tú
y cada vez más yo
sin rastro de nosotros*.
Ni inocentes ni culpables,
corazones que desbroza el temporal,
carnes de cañón.
No soy yo, ni tú, ni nadie,
son los dedos miserables que le dan
cuerda a mi reloj.
Y no hay lágrimas que valgan
para volver
a meternos en el coche,
donde aquella noche, en pleno carnaval,
te empecé a desnudar.
El agua apaga el fuego
y al ardor los años,
amor se llama el juego
en el que un par de ciegos
juegan a hacerse daño.
Y cada vez peor
y cada vez más rotos
*y cada vez más tú
y cada vez más yo
sin rastro de nosotros*.
(*Los versos marcados entre asteriscos son de «Qasida del amor que se fue y no vino», un poema del olvidado rapsoda granadino Pablo del Águila. Sabina asegura que «yo no sería cantante ni hubiera escrito una palabra de poesía si no le hubiera conocido». Podéis conocer más acerca de la (breve) vida de este poeta haciendo click en este enlace o en este otro, un poco más extenso y detallado).
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