Ayer vimos cómo terminó aquel 1999, con dos personas montadas en un taxi que tenía como destino el final de su relación. Pero eso fue hace mucho tiempo, y ya hemos vuelto a 2009. Han pasado diez años en los que ha habido tiempo para reflexionar, sacar conclusiones y terminar de zanjar algunas cuestiones. Hoy me voy a centrar en esa gran canción (algunas veces olvidada) que pone el broche a esta historia: «2009. Voy a romper las ventanas».

(Nota: esta entrada es la tercera parte de una trilogía. Aquí podéis leer la primera y la segunda parte).

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Quizás musicalmente hablando no sea la canción más llamativa del disco, o la más comercial, pero realmente no es necesario; para eso ya está su hermana gemela, «Allí donde solíamos gritar». Digo que son hermanas gemelas porque esas dos canciones -que abren y cierran el álbum- son las únicas que están escritas desde la perspectiva de 2009.

Son las dos caras de una misma moneda, pero la mayor diferencia entre ellas reside en el siguiente aspecto: mientras que «Allí donde solíamos gritar» simplemente se limita a recordar con cierta melancolía aquel año, «2009. Voy a romper las ventanas» son seis minutos y medio de pura emoción que ponen punto y final a una relación que ha tardado diez años en ser digerida.

La canción comienza de un modo similar a «1999», con un sonido de fondo que no sabría muy bien cómo definir y el piano de Dani Ferrer, que entra una vez más hablando por sí mismo. No es ninguna broma: al empezar a escuchar «Club de fans de John Boy», el ritmo del teclado ya te avisa de que va a ser una canción alegre; en «1999» nos avisa de que algo malo va a suceder; y en «2009» es pura tristeza y melancolía.

El rasgueo de un acorde de guitarra da paso a la batería y a la voz de Santi Balmes, que con un tono de voz apagado y resentido nos recita los primeros versos de la canción (a una velocidad bastante rápida, para mi gusto).

Cuatro mil días después de aquel año obcecado
detecto que al fin te dignaste
a cumplir con la cita inaudible.
Y me alegro. Y me enfado a la vez.

No, aunque parezca que le está hablando a la otra persona, realmente con quien está conversando es consigo mismo. Por fin se ha dignado a plantarse ante la consulta de ese misterioso psicólogo llamado S. Balmes para hablar de una vez por todas y echar el cierre a un asunto pendiente que lleva ya una década enquistado. Ya iba siendo hora.

Después de estudiar con cuidado este caso
ejerciendo a la vez de fiscal y abogado,
de juez imparcial,
sentencio lo nuestro
diciendo que el fallo más grande
pasó por guardar solamente los días más gratos
y olvidar los demás.

Los asuntos relacionados con la justicia van lentos de por sí, así que imaginad si encima es una misma persona la que tiene que hacer de fiscal, abogado, juez… y de acusado, porque no olvidemos que quien se sienta en el banquillo es él también. Lleva diez años lanzando acusaciones contra sí mismo y tratando de defenderse de ellas para no quedar sepultado bajo un mar de remordimientos. Ha sido un proceso largo y doloroso, pero al fin el juez ha dictado sentencia: ha sido condenado el resto de su vida a cumplir cadena perpetua junto a todos sus errores.

La siguiente estrofa seguramente sea una de las más sinceras de todo el disco. Armado de valor, se coloca frente a esa otra persona (¿o frente a sí mismo?) y se abre en canal, reconociendo que ni siquiera el paso del tiempo ha sido capaz de desinfectar todas esas heridas, que aún continúan supurando cuando la nostalgia mete su dedo en ellas.

Mirarte de frente.
Admito en voz alta
que no pocas veces he sido tentado
en coger la esperanza
y lanzarla sin más a la fosa común
donde yacen los sueños que nos diferencian.

Tal vez ¿has pensado en renunciar?
Yo aún no…

Lo ha intentado muchas veces, pero nunca ha sido capaz de renunciar a la esperanza de volver a generar incendios en la nieve. Sigue esperando que la partida aún no haya terminado, y que alguien mueva una ficha en ese juego que dejaron medias hace diez años. Sigue confiando en que sea cierto el jamás, pero la partida ya está perdida.

Precisamente de ese juego inútil ya habló Sabina hace unos cuantos años en una de sus canciones con la sabiduría que le ha dado el fracaso. La letra no tiene ningún desperdicio: Amor se llama el juego en el que un par de ciegos / juegan a hacerse daño. / Y cada vez peor, y cada vez más rotos, / y cada vez más tú, y cada vez más yo / sin rastro de nosotros.

En la siguiente parte la voz angelical de Zahara se une a Santi Balmes, entonando una melodía que bien podría parecer una nana. Es muy emotivo todo.

Hada helada en vuelo inerte,
tú nunca cambiarás,
hada helada en vuelo inerte,
tú nunca caerás.

Tal vez ¿has pensado en crecer más?
¡Más no!
Tal vez ¿te conseguiste equilibrar?
Yo aún no…

Vamos a correr el gran sprint final
y al cruzar la línea, los dos ganarán.

Esos dos últimos versos me encantan, porque realmente son el ‘sprint final’ del disco. Correr el gran sprint final suponer dar término a diez años de confinamiento emocional, cerrar de una puta vez esa etapa que se ha prolongado agónicamente durante cuatro mil días. Y qué mejor manera de hacerlo que volviendo al comienzo para cerrar el círculo; al final sí era cierto que el grito siempre vuelve.

Voy a romper las ventanas
para que lluevan cristales,
ven a romper las ventanas,
ven a gritar como antes,
ven a romper las ventanas
y hacer del caos un arte,
voy a romper tus ventanas
y voy a entrar como el aire.

Hacer del caos un arte. Eso es precisamente lo que hizo Santi Balmes al decidir publicar 1999, transformar todo el caos que habitaba su cabeza en una preciosa obra de arte como pocas. Muy pocos discos pueden presumir de tener un cierre tan contundente como lo es «2009. Voy a romper las ventanas», donde se aúna emoción, sinceridad y magia a partes iguales. Es muy recomendable cerrar los ojos en los últimos minutos y sentir cómo el aire fluye a través de las ventanas rotas.

Siempre me ha parecido que el sonido de la batería se asemeja al aleteo incesante de un ave que acaba de escapar de su jaula, y quiero pensar que eso es justamente lo que simboliza esta canción. «Ya está, ya hay paz».

El otro día leí un tuit en el que decía que cuando termina una pareja, muere un dialecto. Pero muere mucho más que eso. Mueren todos esos versos de «Heroes» mal escritos en el banco de algún parque olvidado. Mueren todos aquellos gritos ahogados que nunca llegaron a salir. Mueren las iniciales que quedaron grabadas sobre el frío acero. Mueren todos los conciertos, todas las canciones que escucharon juntos. Mueren los lugares que escondían grandes historias detrás. Muere la magia, pero de sus cenizas nacen las mejores expresiones artísticas. Recordadlo siempre: hacer del caos un arte.

 

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