Ayer estuvimos de hablando de «Allí donde solíamos gritar», una canción escrita desde la perspectiva del año 2009. Hoy vamos a volvernos hasta 1999 para vivir en primera persona uno de los puntos de inflexión que pusieron fin a aquella relación. Nos lo cuenta la letra de «1999».

Es de madrugada, y nuestros dos protagonistas han quedado en la calle pera verse. Pero la música del principio ya nos advierte de que algo no va bien. No es un piano alegre como el que pudiéramos escuchar en «Club de fans de John Boy», esta vez la cosa es más seria. La letra de la canción nos lo confirma:

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Hasta aquí llegó el ritual
de enfados y canibalismo estúpido.
Son demasiadas horas en vela
y nada que decir.

Descansamos nuestra espalda
en las persianas bien cerradas,
tú y yo anémicos.
Y a cada parpadeo calmado
intentamos dormir.

Ahí están los dos, sentados en un bordillo con las espaldas apoyadas sobre la persiana de algún negocio que a la mañana siguiente abrirá como cada día, sin contarle a nadie lo que ha ocurrido allí la noche anterior.

Ninguno de los dos habla, así que es Santi Balmes el que tiene que entrar en escena a murmurarnos con voz pausada lo que ocurre. La forma de cantar en las primeras estrofas es muy peculiar: todo fluye de manera monótona, con un tono de voz alicaído, casi como si estuviera hablando más que cantando.

Terapias mal llevadas
sin nadie que mediara por dos histéricos.
Mis gritos envasados al vacío
reventaron al fin.

Y ahora congelo cada instante
sabiendo de antemano que son los últimos.
La noche en que el noventa y nueve
llegó hasta abril.

La situación se ha vuelto insostenible. Han ido reprimiendo muchos pequeños gritos con la esperanza de que nunca saliesen de allí, pero ya sabéis: el grito siempre vuelve. Ahora se miran el uno al otro con la certeza de quien sabe que de entre las cenizas no se puede rescatar nada.

Ya no hay ganas de seguir el show,
ni de continuar fingiendo,
sólo quiero ser espectador,
relax, entertainment.

Me pregunto quién pensó el guion,
debe estar bastante enfermo,
fue el estreno de un gran director,
le caerán mil premios.

¿Os ha pasado alguna vez que estáis viendo una película y pensáis: «uf, no me gustaría estar en el pellejo del protagonista»? Pues a Santi Balmes le ocurre al contario: él ES el protagonista de una película de mal gusto con un guion que pintaba muy bien al principio, pero que ahora se ha vuelto un tanto funesto. No quiere jugar más a ser actor para interpretar un papel fingido, ahora solamente desea ser el espectador que hay al otro lado de la pantalla (o de los auriculares, en este caso) y que observa la escena desde su sofá, intrigado por saber qué ocurrirá a continuación.

Y al subir al taxi
mis palabras son vapor de cristal
y me dejo el alma
cuando escribo en la ventana:
«que sea cierto el jamás».
¡Oh, cállate!

Esta escena es realmente emotiva. Los dos están montados en la parte trasera de un taxi, probablemente de vuelta a casa. Ninguno habla; se limitan a mirar al exterior a través de los cristales empañados, y es entonces cuando él escribe con su dedo: «que sea cierto el jamás».

¿A qué hace referencia ese «jamás»? Es una frase que da mucho juego y de la que se pueden hacer muchas interpretaciones. Puede que sea un «jamás nos volveremos a ver», o quizás haga referencia a alguna promesa que algún día se hicieron entre los dos: «jamás te abandonaré». En cualquier caso, la frase duele como una puñalada.

«Que sea cierto el jamás» escrito en el cristal empañado.

Los dos tienen miedo. Miedo a la pérdida, al arrepentimiento, a hacerle daño al otro, a que todo salga mal. Miedo a que nunca vuelvan a ser capaces de generar incendios en la nieve. Y es precisamente el miedo lo que hace que se esfuercen por aparentar normalidad y convencerse a sí mismos de que todo va bien.

Y ahora relájate,
ella lo lleva bien,
está aliviada, ¿ves?
Todo ha acabado bien.

Te dice: «fíjate,
mira mis manos, ¿ves?
No pesan nada, ¿ves?
Están flotando ¿ves?».

El autoengaño se termina pronto, y los sentimientos son como un huracán de emociones que se confrontan entre sí, impidiéndoles discernir entre lo que quieren y lo que no. ¿Merece la pena seguir interpretando ese papel o es mejor dejar que termine la función?

Putas ganas de seguir el show
ni de continuar mintiendo
y en un travelling algo veloz
sale un ‘fin’ en negro.

Me pregunto quién pensó el guion,
debe estar bastante enfermo,
fue el estreno de un gran director,
le caerán mil premios.

Y a medias del viaje,
callo a gritos
que no quieras bajar.

Y pierdo la conciencia
cuando escucho como dices:
«que sea cierto el jamás».
¡Oh, muérete!

«Que sea cierto el jamás».

Ahora es ella la que pronuncia la dichosa frase justo antes de bajarse del taxi. La misma frase que él había escrito con sus dedos en el cristal ahora suena de forma muy diferente al salir de los labios de la otra persona. En el fondo los dos desean que sea cierto el jamás, pero al mismo tiempo se aferran a la esperanza de que esa frase no se cumpla. Putas ganas de seguir el show.

Y así fue como acabó aquel 1999, con un taxi que cogieron juntos y del que se bajaron por separado. Quizás fue cierto el jamás, o quizás no, pero eso es algo que veremos mañana en la tercera y última entrada de esta pequeña «trilogía confinada».

 

Entradas anteriores de Canciones Confinadas:

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