Dan las seis,
marcos, tazas, café,
niebla en el televisor,
frío en los pies.

Margarita hace tiempo que ya no sueña. Le advirtieron de que sus recuerdos la abandonarían poco a poco, pero nadie le dijo que los sueños iban a ir tras ellos. «Tengo que recoger esas tazas de café». ☕ ¿Cuánto tiempo llevan allí encima de la mesa? ¿Horas? ¿Días? «No lo sé». El tiempo tampoco existe ya.

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La televisión murmura algo sobre un virus. Margarita ya no le hace caso, ella lleva confinada desde hace mucho tiempo. La última vez que salió a la calle bajó a comprar el pan a las ocho de la tarde. La encontró un señor pegando voces frente a la panadería, gritando que era una vergüenza que no estuviera abierta de buena mañana. «Señora, ¿quiere que le acompañe a casa?». Pero no recordaba donde vivía.

Desde entonces todas las compras las hace su hijo a través de internet, y se las envían a casa. «A ver si viene ya mi Alfonso. Mira que irse a vivir tan lejos», piensa mientras se mece suavemente y tira de la manta aún más para sentir el calor de la estufa. Es lo único que le queda ya.

Margarita vive en un constante Día de la Marmota. El mundo gira alrededor de ella, mientras el polvo se  va acumulando sobre los posos de las tazas de café, sobre los libros, en las ventanas, en los marcos de las fotos. Allí se le ve a ella cuando joven; aunque la imagen sea en blanco y negro, se puede adivinar el color rosado del tutú, su inseparable tutú. «Qué bien me quedaba».

Diez, dos, cien
briznas de polvo lunar
cruzan la persiana
sin parar su ballet.

No volverá.
No se fue jamás.
Cada recuerdo será
un desertor,

quizás un error.
Cada pared, un vals,
una sonata fantasma
cada espiral,
en cada reloj…

…duerme un temblor.

Esta portada no es de un disco de Vetusta Morla, sino de La M.O.D.A. Sin embargo, es una magnífica representación del tema que se trata en este texto: la soledad. (Ilustración: Sanpedrosanchez).

Lo ha recordado. Hacía tiempo que no sentía esa sensación, y un escalofrío le ha recorrido la espalda al fijarse en esa foto. Se ha levantado a observar de cerca el retrato. Es extraño contemplarse a sí misma a través del tiempo. ¡El tiempo! El tiempo ha vuelto junto al recuerdo.

El polvo entra por la ventana. Diez, dos, cien motas son arrastradas por una ligera corriente de aire, que con grácil vuelo planean hasta depositarse sobre el péndulo del reloj. «¿Desde cuándo lleva ese reloj ahí?». Tic tac, tic tac.

Margarita ya no reconoce su hogar. Pero le da igual, no puede parar de pensar otra cosa. ¡Ella era bailarina!

Parece un espejismo lo que ven sus ojos. Allí, encima de la mecedora en la que ella descansaba hasta hace un momento, yace un precioso tutú rosado. El tacto con la yema de los dedos es real, puede sentir cada uno de los pliegues. Ya era hora de que volvieran los sueños.

El salón se ha convertido en un enorme escenario. El polvo sigue entrando por la ventana, formando espirales que juegan al escondite con los rayos de luz, danzando rítmicamente al compás de la música que emana de cada rincón, de cada pared. Todos los focos la alumbran a ella. El reloj da seis campanadas, la orquesta está lista para hacer su entrada. Va a comenzar la última función.

Ya dan las seis,
el café se enfrió.
El polvo lunar nos trae
la última transmisión.

Por un segundo fue
reina del recital,
vistió la plata otra vez
que el tiempo le tejió.
Y se abrió un telón
desafiando el final,
y en esa brecha de luz
vuelve a bailar
vuelve a bailar
vuelve a bailar
vuelve a reinar. 💫

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Suena el teléfono, pero nadie lo coge. «Mamá, ¿estás ahí? Llámame cuando escuches este mensaje». Pero mamá ya está volando muy alto. Los sueños se han vuelto a ir, y esta vez Margarita ha ido tras ellos.

 

Cada vez que escucho esta canción de Vetusta Morla me viene a la cabeza la historia de Margarita. Margarita es una mujer con un pasado glorioso de bailarina que ha quedado enterrado bajo las cenizas del alzhéimer. Vive sola y pasa los días sentada en su vieja butaca, donde se va consumiendo poco a poco. Lo sé, es una imagen bastante triste y melancólica, pero es justamente la imagen que crean las primeras estrofas de «Una sonata fantasma».

La parte final de la canción es una liberación, una auténtica explosión de magia que, bajo mi punto de vista, le hace ser uno de los mejores temas de Vetusta Morla (y desgraciadamente, también de los más desconocidos). Margarita vuelve a reinar y a soñar, aunque sea solo por un instante.

Imaginar relatos que se esconden detrás de las canciones muchas veces nos lleva a pensar en historias que no son tan imaginarias como podría parecer en un principio. Margarita es un personaje ficticio, pero solo hasta cierto punto. No sabía muy bien si contar esto de forma pública, pero al final he decidido hacerlo: el personaje de Margarita realmente está inspirado en parte por mi abuela, que tiene alzhéimer y vive sola desde hace más de un año, cuando murió mi abuelo.

Pero Margarita no es solo mi abuela, Margarita es también todas esas personas mayores que estos días están teniendo que vivir más solas y aisladas que nunca. Pasar un mes encerrado en casa teniendo Netflix, Skype y WhatsApp realmente es una puta mierda al lado de eso. Ahora, más que nunca, tenemos que acordarnos de nuestros mayores y hablar con ellos quienes aún tengamos la suerte de poder hacerlo, para que al menos por un instante puedan volver a reinar.

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