El Medusa SunBeach Festival, ha sido un caos de principio a fin; desde el primer momento en que pisamos Cullera, hasta recoger el coche para marcharnos, la locura reinó de jueves a domingo en la Playa de Cullera. Estaba claro que nuestro interés se centraba especialmente en lo que acontecería en la zona indie, la Sansan Indie Area, escenario en el que pusimos todas las esperanzas de cara al festival, pero que tampoco dio el do de pecho.
Empecemos por el principio. El jueves tuvo lugar la fiesta de bienvenida, con un cartel exclusivamente de djs, no precisamente de música indie. De principio a fin fue un día con poco público en comparación con las 67.000 personas que poblarían el festival los días consecutivos. Los djs de las primeras horas contaron con un público escasísimo hasta que a las 2:30 aparecía una esperado DIPLO, que revolucionó al público y dio el pistoletazo de salida a lo que venía siendo la esencia del festival: el punchi-punchi.

El viernes amanecimos con un sabor de boca relativamente bueno, a pesar del descontento general del público porque la organización del festival brillaba por su ausencia; a fin de cuentas el jueves no había estado del todo mal y se tenían puestas muchas esperanzas en que las jornadas del viernes y sábado fueran dignas de recordar. Y realmente así fue. Desde estas líneas os contaremos lo que vivimos en el área indie, escenario en el que centramos toda nuestra atención, puesto que en las zonas restantes imperaba un ambiente completamente poseído por el Techno, el EDM y el Remember, con un público joven, y no tan joven, totalmente implicado en djs como Dimitri Vegas & Like Mike, Carl Cox, Matador, Paco Osuna, Danny Avila, DJ Nano o W&W, estando este sector del público completamente satisfecho con el festival, claro que no eran conscientes que desde las 6 de la tarde la ambulancia estaba en activo atendiendo a personas, pero bien.

El Sansan Área era inaugurada el viernes por Nudo Windsor a las 18:00h. Una apertura que pensábamos sería esperada por muchos, pero no. Un reducido séquito del grupo, con camisetas y merchandaising vario, destacaba entre el escaso público allí presente. La banda se subió a las tablas con una puesta en escena muy llamativa, con uniformes en blanco y azul y bailarines envueltos en algo parecido a la cinta americana, abriendo el festival con fuerza y garra. Sinceramente, fue una grata sorpresa. A continuación, los granadinos Napoleón Solo contarían con poco más público para corearle. L’Enfant Terrible amenizaría la espera hasta que llegó ella: Zahara, quien reunió a una cifra superior de público que, expectantes, disfrutaron de la presentación de Santa, el último trabajo de la ubetense.

Aún quedaban los dos platos fuertes del viernes, ya que tras Zahara llegaría el turno de los Niños Mutantes, a los que nunca les ha favorecido estar callados, eso está claro. A sabiendas que eran días complicados (estábamos en el Medusa), los granadinos no defraudaron, y pusieron toda su energía, una vez más, sobre el escenario.

Y el boom de la noche, colofón del viernes, sería Vetusta Morla, el gran cabeza de cartel que eclipsó a cualquier dj del resto de áreas del festival. Nos emocionamos sólo con nombrarlos, y al recordar La Deriva por la que nos llevaron. Belleza impecable la de los madrileños, que consiguieron llenar el área indie con un directo impecable, dinámico e intenso. Se dieron al público y el público a ellos. Toda una declaración de intenciones, porque ellos son música, apuestan por la música y eso se ve reflejado en cada palabra, cada frase, cada estrofa, cada canción.

Llegamos al sábado un poco agotado, y es que la intensidad de los días anteriores y esa sensación de dolor de cabeza, de resaca, pero no precisamente de resaca de alcohol, sino una resaca de sonidos repetitivos, que sólo podías paliar cuando en la zona indie tocaba algún grupo, lo cual resultaba el mejor de los alivios. Comenzamos la tarde con Síndrome Moscow, quienes arrancaban su directo sin apenas público, aunque a posteriori veíamos como la siguiente banda en subirse al escenario saldrían a animar a sus camaradas, a acompañarles en su actuación. Nos entró una sensación que podríamos situar entre rabia y pena al ver como lo que entendemos nosotros como buena música resultaba escéptica de cualquier oportunidad.

A ellos les damos la enhorabuena, porque ese no fue el mejor de los escenarios, ni del público, para mostrar eso que tan bien hacen. Lo mismo ocurrió con Jack Knife, sus antecesores también les acompañarían y un pequeño grupo de personas, allí presentes, emocionados como cada amanecer, porque una cosa era segura: los que allí nos encontrábamos era por voluntad propia, porque los queríamos ver, escuchar y disfrutar, porque son unos bailongos y transmiten poderío en el escenario.

Podríamos incluir en esta línea a los chicos de Delacruz, quienes no se han podido desprender de la esencia del grupo anterior a raíz del cual surgieron (Maga), sin ofrecer suficiente tirada, atractivo o fascinación.

Nos adentrábamos en la noche y llegaba la hora de los «platos fuertes» de la jornada. Con Arizona Baby el escenario se encontraba ya mucho más lleno que a lo largo de la tarde. El country-rock de los vallisoletanos gusta allá por donde van, y allí estábamos,»How I wish, how I wish you were here» y nosotros ahí plantados bailándolos placenteramente.

Después de su actuación, sudados, nuestras voces ya fallaban, pero estábamos guardando energía en la recámara. Y es que esperábamos a Lori Meyers con ganas, con ansias, deseando quitarnos la espinita que nos clavaron en el SanSan. Y bueno, para gustos colores. Sí, muchas «luces de neón», nuevos temas que suenan muy a lo de siempre, «el tiempo pasará», y estaba pasando. Quizás el mejor momento, sin dudarlo, llegó con «Mi Realidad», aunque daba la sensación que venían como quien va a comprar el pan y vuelve a casa. Hicieron su concierto, cubrieron su hora y ya. He visto mejores conciertos de los Lori. Nos quedamos con un sabor extraño, y es que su copa de vino no sabía al vino al que nos tienen acostumbrados.

De hecho, si hubieran dejado al público exhausto, sin aliento, con ganas de más, éste se hubiera quedado a ver a unos Delorean dinámicos, intensos, con quienes hubieran bailado ese espíritu libre que los caracteriza. Tampoco culpamos a otros grupos, porque realmente Delorean por sí solos mueven a gente, mueven a su público. Nos gusta poder regocijarnos con ellos, con su música, y bailar y gozar al ritmo de himnos «Destitute Time» o «Deli».

Y llegó el fin. El fin de tres días en un Medusa SunBeach en el que la organización se ha lucido con público y trabajadores, en el que ha brillado por su ausencia ese orden categórico que sí encontramos en otros festivales, sean de mayor o menor envergadura. Y es que se trata de un festival que, queriendo abarcar otros estilos musicales, se ha dado cuenta que su cuna esta en el Techno y demás variantes, y que el binomio con la música indie ha sido atroz. Hay gente encantada como en cualquier festival que se precie, pero hay otros muchos muy desencantados, lo que provocó que un gran número de asistentes prefirieran no asistir la jornada del sábado al festival y quedarse en su casa; y no me extraña.
El caos de gente, del lugar, la locura vivida para recoger las acreditaciones, o lo vivido en los accesos al recinto, en los que se nos trataba como si fuéramos animales, junto a unas densas cortinas de tierra que demostraron que el emplazamiento escogido no era el más adecuado, y unas zonas de comida en la que ni a los propios trabajadores les dieron facilidades, eran la muestra de lo que algunos de nosotros ya augurábamos. Se avecinaba tormenta, y la hubo, pero allí estuvimos para poder contarlo y dar nuestro punto de vista. Se suponía que esta segunda edición del Medusa SunBeach se habían tomado las medidas adecuadas para ser un festival que te deje con las ganas… y las ganas se quedaron allí.







