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Desde que escuché la última canción de Molotov, “Quiten el trap”, me persiguen las mismas dos preguntas en la cabeza una y otra vez: ¿son tan pendejos o es una repugnante estrategia de marketing para promocionar su última basura de canción?, ¿por qué algunas bandas están envejeciendo tan mal y les cuesta tanto poner el calendario en el 2022?

Molotov regresó con un nuevo tema, lo que parece sinónimo de una nueva polémica. La banda, que pudo llegar a ser un referente de rebeldía y antisistema con algunas de sus canciones más críticas, hoy por hoy se parece más a una tía panista, como afirmaban algunos en Twitter, que a unos íconos de la lucha social latinoamericana.

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En ella critican al reggaetón y al trap (como si estuviéramos en 2008), con unos aires de superioridad moral que ni los Estados Unidos más capitalistas a los que tanto criticaron en el pasado disfrutan hoy en día. Acentos, estética y estilo son tiroteados en unos básicos, simplistas y prejuiciosos versos con los que no logran tapar su clasismo y elitismo. Como no podía ser de otra manera, también demuestran un gran desconocimiento sobre la escena urbana, ya que se basa en unos clichés que todos los menores de 50 años superamos hace una década.

Sin embargo, esto no solo lo sufrimos en la canción y letra, sino que, además, presentan al trap en el vídeo, prácticamente, como un demonio, como si este fuera el responsable de la desconexión que las nuevas generaciones tienen con señoros como los de Molotov. Estos parecen haberse olvidado de actualizar sus calendarios y continúan viviendo en los 90s, donde la sexualización más absurda, el machismo más asqueroso y la homofobia más violenta se apoderó de sus canciones.

Su último ataque camuflado de canción es un reflejo de la cisheterosexualidad más desfasada, rancia y malolienta. En ella continúan perpetuando los clichés del rockero como tipo duro, con cuero, violentos, bebedores, soberbios y otros estereotipos absurdos, y donde -¡sorpresa!- apenas hay espacio para las mujeres.

Para más controversia y llamada de atención casposa, este verano, en una entrevista para Europa Press, tuvieron la osadía de afirmar que “Puto” era “un himno del colectivo LGBT+ en México”. Sí, esa misma canción en la que de forma superagresiva celebran y gritan el matar al maricón.

Ese título, cuyo insulto es lo último que escucharon muchos antes de ser asesinados o agredidos, resulta que pasó de ser un desprecio a un aprecio. Y sin darnos cuenta y por lo que ellos han intentando hacernos creer, pasaron de ser los creadores de una de las canciones más homofóbicas y violentas para las personas LGTB+ a ser una defensa del colectivo. ¿Increíble, verdad?

Pero no acaba aquí. Además de esas desafortunadas, irresponsables y repugnantes declaraciones, se atrevieron a decir que a los usuarios de redes sociales “no hay que darles bola porque solo quieren sus cinco minutos de fama”. Sorprendente que afirmen esto quienes se nutren del conflicto para aumentar sus escuchas y visualizaciones, porque parece ser que de su talento ahora les cuesta vivir.

Molotov hace años que dejó de tener credibilidad entre las nuevas generaciones y estos ataques a sus nuevas formas de vivir, pensar y sentir dejan más tangible aún el evidente olor a esmegma que desprenden sus canciones. Sus letras demuestran una gran falta de terapia, educación, respeto y conocimiento del mundo actual, llegando tan solo a un público casposo, conservador, lleno de canas y con halitosis.

De este modo, Molotov se ha convertido en esa banda que utiliza la supuesta rebeldía, incorreción política y libertad de expresión para demostrar su ignorancia del mundo actual y expandir su falta de respeto para aquellos que no son onvres como ellos: rockeros, machitos, clasistas y homófobos.

¡Pongan el trap y matarile a Molotov!

Para no dar reproducciones a esa canción elitista, optamos por poner y promocionar dos canciones urbanas de esas que tanto detectan los Molotov y que tanta alergia parecen provocarles. ¡Perreo y salud!