Adivina, adivinanza: ¿Qué tienen en común Carlos Sadness, La Bien Querida o Miss Caffeina con artistas como Chenoa, Ana Torroja, Melendi o Merche? ¡Exacto! Que todos han sacado en los últimos años canciones con bases o elementos urbanos/latinos. Y parece no sorprender esta tendencia hacia el urbanpop y música latina cuando vemos que este verano los 10 temas más escuchados en España han estado protagonizados en su totalidad por estos sonidos. Pero, ¿todavía no resulta pesado y agotador ver que la mayoría de los músicos persiguen esta corriente para ganar unas cuantas reproducciones y posicionarse en alguna listas de éxitos con oyentes de modas pasajeras?

Todo esto ha explotado con el último disco de Amaral, quiénes han aprovechado la tendencia de la industria hacia la urbanización musical para lanzar sus principales adelantos teñidos de esta pegajosa moda y regresar al público mainstream. ¿Estrategia o evolución de su sonido? No dejamos de abrir la boca al descubrir que debe existir una epidemia para que todos los grupos evolucionen hacia la misma dirección latina, que justo coincide con una estrategia de rápidos y fáciles plays. Pero el problema no está en la “evolución”, sino en el fin puramente mercantil que se persigue con esta evolución impostada.

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¿Por qué  ya nadie evoluciona al rock, al reggae, al punk o a la psicodelia? ¿Es entonces una evolución natural o una evolución estratégica? La naturaleza del arte parece estar en crear, no en replicar. Muchos de estos artistas no persiguen una evolución creativa interna, sino una evolución social, replicante de fórmulas de éxitos latinos. Esta (mejor llamada) involución se mueve por el sol que más calienta, en lugar de por la temperatura del cuerpo e instinto de los artistas. Como el niño “rarito” de la clase que termina copiando las conductas de sus compañeros “guays” para no quedarse apartado del grupo, aunque por ello tenga que prescindir de sus ideas y personalidad, convirtiéndose en alguien que no es. Me temo que con la actual escena musical está ocurriendo igual: incluso los niños raros ahora quieren ser como los demás.

Urbanizarse no está mal, ni seguir las tendencias, ni querer alcanzar el éxito o llegar a un público diferente. Sin embargo, si es tristemente cuestionable que todas las nuevas propuestas de los artistas suenen igual. Aun así, cabe destacar algunos casos de músicos que han caído en la musical “chaqueta amarilla de zara”, pero con la talla correcta. Es el caso de Miss Caffeina, quién puede que fuese una de las bandas alternativas pioneras en intentar acercarse al género por excelencia entre la juventud. “El rescate”, ese “reggaetindie” rockero de inexplicable encasillamiento musical, dio con la clave de cómo utilizar las modas y tendencia musical como una adaptación, en lugar de como una llamada de atención desesperada al público mainstream. Además, en su último disco volvieron a copiar su fórmula en el single «Prende», aunque esta vez con peor pero aceptable resultado.

Danny Leiva con «Lo entenderás» y Veintiuno con “Lengua”, una de las mejores canciones del año pasado, supieron vestir con bases urbanas su pop-rock, sin que el traje pareciera un disfraz. Carlos Sadness, más cercano al estilo, debido a su primera etapa rapera con Shinoflow, encontró la llave de cómo crear un buen single urbano, sin expulsar de éste la personalidad del artista en «Longitud de onda». Dorian, autores del mejor álbum de pop del 2018, colaron entre sus nuevas canciones “Cometas”, la cual supieron volar en la dirección de la corriente actual, pero con pequeñas pinceladas acertadas y sin caer en los recursos fáciles.

Sin pretensiones ni “wannabes”, La Casa Azul supo transformar en un “casi trap” «Ataraxia», logrando una de sus canciones más diferentes y notables. La Bien Querida puede que sea una de las cantantes que más acierto ha tenido en “reggaetonizar” temas. “7 días juntos” es uno de los más sobresalientes ejemplos de cómo progresar, ocupando las tendencias actuales, pero creando recursos novedosos y evoluciones nacidas de la inquietud musical interna.

A excepción de estos aciertos, la mayoría de estos intentos se han quedado en fallidos. Entre los artistas más alternativos entristece y desespera el caso de Rosalía, la que para muchos es la nueva Shakira. La catalana ¿obligada? a urbanizarse para posicionarse como la gran estrella española que Sony quería, es el más triste ejemplo de cómo no hay que utilizar y emplear determinados estilos. Siguiendo los pasos de Rosalía de urbanizar el flamenquillo –o aflamencar el urbano- se encuentran artistas como Café Quijano, a quiénes, en colaboración con Taburete, apuntaron fuera del váter en eso de modernizar sus caducadas canciones. Melendi, con Arkano y Alejandro Sanz, fueron las voces de una de las grandes vergüenzas musicales de los últimos años, por culpa de «Déjala que baile», una canción que más parecía una parodia de Los Morancos que un intento de actualizarse. María Isabel (Antes muerta que sencilla) intentó replicar el estilo musical, visual y estético de Rosalía, con un doble intento fallido por reggaetonizarse y Rosalizarse.

Una malota Merche con “Lo que me dé la gana”, la icónica Amaia Montero con “Mi Buenos Aires», su ex banda La Oreja de Van Gogh con “Camino de tu corazón”, Chenoa con “A mi manera” o Marta Sánchez (acompañada de Carlos Baute) en una descarada persecución comercial en “Te sigo esperando”, sacaron los colores por sus “sonrojantes”, impersonales y repetidos singles. Siendo sinceros, los giros de todos estos últimos artistas a nadie le sorprende, pues sus carreras se fundamentan en los sonidos del momento, pasando de cantantes a meras marionetas de las modas sonoras.

Por desgracia, esto no acaba aquí. Incluso Ana Torroja, -que creció en solitario siguiendo el camino de los éxitos momentáneos, a pesar de crear con Mecano un estilo propio y personalidad fuerte – ha publicado este verano tres singles con el mismo riesgo que vestir de traje y corbata en una boda. A excepción del notable “Llama”, “Antes” y “Ya fue” siguen el marketing de alcanzar al público mayoritario con sonidos que le son familiares y donde la personalidad se queda atrás para dar paso a la seguridad monetaria que le ofrecen esos “hits latinizados».

Estos son algunos breves ejemplos del descarado y desesperado uso del urbano por acercarse a un público general. Una lista que incrementa los nombres de sus víctimas y que llevan al extremo la “Teoría de la evolución” de Darwin. Una corriente que, más que al medio, se adapta al miedo. Un miedo basado en las cifras por no conseguir los plays soñados para postearlo después en Instagram y engañar a su ego.

Pues bien, la música urbana no morirá: la matarán por la sobreexplotación de sus recursos. Quién se desmarque en los próximos años de toda la corriente urbana de la década, será quién logre marcar su nombre con fluorescente y sobrevivir entre una manada de bestias hambrientas de cifras y singles temporales. Total, ¿quién coño va a escuchar tu single urbano si como el tuyo han salido esta noche 20 más?

¡Adaptémonos al medio, no al miedo!

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