Antaño, hace no demasiados años, el concepto de precariedad era relacionado con la condición de vagabundos, homeless o mendigos. Los datos de la ecuación han cambiado radicalmente.

Hoy en día, nuestro hábitat se constituye sobre los cimientos de las múltiples posibilidades de cambio de nuestros “día a día” en diferentes ámbitos (trabajo, amor, etc),  de nuestra era;  la era de la certeza poco probable. La precariedad es como el pez, donde el agua es la clase media.  Se puede denotar considerablemente una evolución de nuestra sociedad. Una tendencia forzada a ser pasota de lo sólido, de lo constante. Un afán cada vez más innato al cambio, a la hostilidad, a lo incontinuo.

Nos encontramos en la era de la modernidad líquida como fue conceptuada por el filósofo polaco, Zygmunt Bauman que sentó sus bases. Nuestra sociedad cada vez avanza a un ritmo más veloz, retando al mismo avance de la tecnología, por el miedo complejo de la constante aparición de nuevas oportunidades, que pueden devaluar las existentes.

Lo mismo sucede dentro de las relaciones con la gente o en ámbitos como el arte y la misma industria musical. ¡Atención! llegamos a un “cultivo” difícil de labrar, por su importante inmersión en la existencia social tal y cómo lo relata el poeta y escritor francés, Paul Valéry en su libro “La conquista de la ubicuidad”.

Mantendré una posición objetiva, por lo que se refiere al porvenir de esta industria.

De una parte podemos observar ciertas irregularidades de este ámbito, ya que si nos aferramos a los principios relatados al principio de mi relato, pienso que sus reflejos como la vulnerabilidad, la temporalidad o la inconstancia no quedan muy claros. Con esto me refiero básicamente a la firme y duradera posición de los sellos discográficos “majors” (Warner, Universal, Sony) y a la misma industria pop mainstream. Una nueva que nos supone una dosis de esperanza y confianza en lo sólido. Una sensación contenida, de que las compañías discográficas independientes pueden llegar a tener su posición consolidada en el mercado. Y no sólo ellas, sino el artista emergente recién estrenado en ese gigante desconocido para él, el mercado de la industria discográfica.

Me pregunto retóricamente si alguna vez bandas como “Red Hot Chili Peppers” han tenido alguna efímera duda sobre el éxito de su último tour, del pasado 2017. Desde luego nos encontramos ante una “muralla china” en forma de certeza en cuanto a la viabilidad de un proyecto. Por no hablar de la cantidad de canciones que representan bucles repetitivos de un mismo género  creadas por artistas consagrados por lo general, tan expertas en conseguir notoriedad.

Personalmente constato que nos hallamos ante un cambio paradigmático en cuanto a consumo y distribución de la música en nuestra sociedad, nos encontramos ante una industria musical líquida.

La canción se encuentra en todas partes, es ubicua, omnipresente. Es decisión del consumidor la forma en que la contrae y también decisión del artista en la manera de hacerla llegar a su inquieto oyente descubierto en ese mismo camino de distribución. Paradójicamente, hoy día resulta más complicado y a la vez recomendable deshacer que sumar, borrar que producir. La digitalización le puede aportar un valor añadido a la personalidad musical de las personas.

Es justo aquí donde esta ambigüedad da una forma prometedora a la industria musical digital, y así lo relata  Kevin Kelly (editor de la revista Wired), que afirmaba hace un tiempo en The New York Times Magazine que esta era de la música que en mi artículo he concluido como líquida, suponía un cambio de paradigma radical, basado principalmente en la reapropiación del sonido por parte de los oyentes: “Una vez la música ha sido digitalizada, nuevos comportamientos emergen. Podemos alterar el orden de las canciones de un álbum o varios álbumes, podemos transformar el sonido y adecuarlo a un uso determinado, tomar un fragmento de la música de alguien y re utilizarlo a nuestra manera, extraer el esqueleto musical de una pieza para, a continuación, alterarla, cambiar las letras, volver a mezclar el sonido. La música pasa, así, de ser un nombre a un verbo, otra vez…

Por consiguiente, la industria musical está cobrando cada vez más creatividad, en una sociedad en la cual la capacidad inventiva se vuelve corriente.

Del mismo modo, el  economista y escritor francés “Jacques Attali” en su libro “Ruidos: Ensayos sobre la economía política de la música” muestra su visión también esperanzadora, sobre éste recorrido líquido de la industria musical. La música está iniciando según él, una era de composición, una nueva etapa que consiste en una experiencia de lo musical que va más allá de la escucha pasiva en la cual nos encontramos.

Esto también puede ser interpretado como más allá de los algoritmos de recomendación que hacen que la música sea infinita y de significado cada vez más abstracto, intangible. Si es que no desde siempre así lo ha sido.

La música de hoy anuncia un mundo en el que la gente creará y disfrutará con su propia música. La palabra amateur está perdiendo su sentido peyorativo. La cultura del sampleo y el auge de la figura del dj ponen de manifiesto el fin de la distinción entre producción, distribución y consumo, tanto en la música como en otros ámbitos“.

Dos visiones unidas por la ilusión como lazo común. La ilusión de saber que pese a esa sociedad totalmente populista a la cual nos estamos dirigiendo ineludiblemente, aún existe una firme dosis de fe en un progreso armónico, de la industria musical.