Mientras en los aledaños del Palacio parecían estar en guerra con las fuerzas de seguridad velando por la misma, dentro se vivía en paz, sosiego y pasión con la música como única y potente arma de defensa. Y es que el Palacio abrió sus puertas para ver desfilar las obras de los nuevos reyes del “indie” y auténticos mediadores con el mainstream.
Media hora después de la quedada, los actores saltaron a las tablas para plasmar su noche teatral con sus poéticas y monárquicas historias. Una obra que se despedía de los escenarios por un esperado escaso tiempo por parte del público. Después de una ola de pitos y varias de movimientos llegaban las sombras de los intérpretes.
Desde los fosos disparaban los objetivos y arrancaron las aventuras de “La Deriva”, “Boca en la tierra”, “Golpe Maestro”, “La mosca en tu pared” y “Pirómanos”. Tras desquitarse de fotógrafos y de las cinco primeras bandas sonoras del setlist, continuaron desgranando algunas de las escenas de La Deriva como “Fuego”, “Cuarteles de invierno” o “Tour de Francia”.
Tras “Profetas de la mañana” hubo algunas de las antiguas escenas que renovaron su vestuario como “Copenhague”, “Baldosas amarillas”, “Sálvese quien pueda” o “Un día en el mundo”, para crear unos cierres y desarrollo de actuación que alternaron al del estudio. “Saharabbey road” originó unos coros que se repiten en cada una de sus citas y que junto a “Maldita dulzura”, “Mapas” y “El hombre del saco” sirvieron de pertinente retirada ante los primeros bises.
De nuevo atracaron el escenario y arriba fueron las manos. “Fiesta Mayor”, “Valiente” y “La cuadratura del círculo” transformaron en legibles los bailes y coros que “Sonata fantasma” y “Puntos suspensivos” se reservaron para leer escalofríos. Tras una segunda retirada engañada llegó la verdad, la más pura sinceridad de “Los días raros” que ascendió la emoción hasta la altura de los vellos.
Era el momento de bajar el telón, no sin antes despedirse el equipo al completo del Palacio. Pucho, como actor principal, se retiró al margen para camuflarse entre los papeles más secundarios.
Tres llenos en el Barclaycard Center de Madrid hacen de éste un espectáculo tan teatral como musical. Una trilogía en la que han cuidado todos y cada uno de nuestros sentidos, amplificando las canciones con imágenes. Una combinación de luces y movimientos que traducen lo que equivocadamente denominaríamos concierto para conquistarlo en teatro.
Con todas estas secuencias no es de extrañar que el palacio tratase más a Vetusta Morla como reyes, que como actores. Y es que en esta ocasión el más eficaz deporte del palacio fueron los inagotables coros y saltos que acompañaron a la despedida de La Deriva. Una despedida que no es otra cosa que “vivir cada día con lo que viene hacia lo que va”.
Las despedidas del Palacio, deberían ir más despacio.
Fotografías: Manuel Colome













